Hace algunos días, estuve pensando un rato sobre el significado que le doy a la anarquía y al hecho de asumirme a mí mismo como anarquista, ese rótulo que ha sido proscrito por todos los que consideran que la paz se mantiene, el mundo cambia y la libertad se construye a partir del ejercicio del poder y no de la lucha contra este. Sé que no descubrí nada nuevo, pero llegué a entender por qué la lucha por la anarquía se me ha convertido en algo así como una necesidad vital. Más o menos, las siguientes son mis conclusiones y quisiera compartirlas.
Para ser anarquista no es necesario haberse leído tropecientos mil libros y citar de memoria a los clásicos, ser anarquista no implica tener cresta o ser un antisocial que se regodea en un caos sinsentido, mucho menos es estar en contra de todo y a favor de nada, como muchos quisieran hacernos creer por desconocimiento o por desacreditar a quienes, en últimas, somos los amantes más íntimos de la libertad.
Sí, ser anarquista es amar profundamente la libertad del género humano y odiar, también profundamente, a quienes cercenan el derecho a la igualdad y a llevar una vida digna, es por eso que me declaro uno más y puedo hablar de «nosotros los anarquistas» que estamos en contra de todo lo que se opone a la libertad de los individuos, pero estamos a favor de un mundo en el que, como seres libres, podamos construir relaciones que nieguen cualquier tipo de propiedad y afirmen la autodeterminación de cada uno de nosotros. Que la vida no sea impuesta, que avance motivada por la fuerza de la satisfacción que dan las relaciones fraternas y solidarias, y la confrontación cotidiana a la autoridad que oprime —que incluye, no solo los poderes institucionales, sino también las tradiciones o condiciones culturales que insisten en dividirnos jerárquicamente según el género, la raza o lo educados o no que seamos. Continue reading