A propósito de la anarquía

Hace algunos días, estuve pensando un rato sobre el significado que le doy a la anarquía y al hecho de asumirme a mí mismo como anarquista, ese rótulo que ha sido proscrito por todos los que consideran que la paz se mantiene, el mundo cambia y la libertad se construye a partir del ejercicio del poder y no de la lucha contra este. Sé que no descubrí nada nuevo, pero llegué a entender por qué la lucha por la anarquía se me ha convertido en algo así como una necesidad vital. Más o menos, las siguientes son mis conclusiones y quisiera compartirlas.

Para ser anarquista no es necesario haberse leído tropecientos mil libros y citar de memoria a los clásicos, ser anarquista no implica tener cresta o  ser un antisocial que se regodea en un caos sinsentido, mucho menos es estar en contra de todo y a favor de nada, como muchos quisieran hacernos creer por desconocimiento o por desacreditar a quienes, en últimas, somos los amantes más íntimos de la libertad.

Sí, ser anarquista es amar profundamente la libertad del género humano y odiar, también profundamente, a quienes cercenan el derecho a la igualdad y a llevar una vida digna, es por eso que me declaro uno más y puedo hablar de «nosotros los anarquistas» que estamos en contra de todo lo que se opone a la libertad de los individuos, pero estamos a favor de un mundo en el que, como seres libres, podamos construir relaciones que nieguen cualquier tipo de propiedad y afirmen la autodeterminación de cada uno de nosotros. Que la vida no sea impuesta, que avance motivada por la fuerza de la satisfacción que dan las relaciones fraternas y solidarias, y la confrontación cotidiana a la autoridad que oprime —que incluye, no solo los poderes institucionales, sino también las tradiciones o condiciones culturales que insisten en dividirnos jerárquicamente según el género, la raza o lo educados o no que seamos.

¿Romántico?, ¿utópico?, ¿radical? ¡Claro que sí! No aceptamos negociaciones. La humanidad es totalmente libre o no lo es. Como anarquistas, buscamos la autodeterminación económica y política, sí, pero de la mano de esto va la pelea diaria por la construcción de un individuo diferente, uno que sea libre y solidario, que resulte molesto a los que imponen relaciones basadas en la competencia y en la posesión, un individuo que no tema declarar su rabia ante el poder, pero que tampoco tema decir que ama a sus hermanos.

Así como sabemos que no necesitamos de una democracia para hacer oír nuestras voces o de alguien que administre nuestro trabajo y nos premie o nos castigue por lo productivos que podamos llegar a ser, también sabemos que, mientras sintamos la igualdad como una necesidad indiscutible para que la humanidad estreche sus lazos y construya un futuro nacido de los deseos de todos y no de la avaricia de pocos, no necesitamos del juez, del adiestrador disfrazado de maestro ni del pastor para que nos enseñen a ser «buenos y útiles» para su sociedad. Sus ideas no han logrado más que encarcelar, perseguir y avergonzar de sí mismos a los que han tomado por la fuerza lo que les ha sido arrebatado, ya sea el pan o la posibilidad de vivir por fuera de su falsa democracia.

Me queda decir que la anarquía no es una doctrina ni cabe en un manual o un plan programático porque su ambición no es dirigir a los rebeldes, sino borrar las jerarquías que nos dividen; queremos que todos podamos crecer libres y recorrer los caminos que elegimos, no los que nos toca porque no se pudo más o porque no queremos que nos juzguen. Nuestro gran sueño es un mundo en el que podamos mirar a los ojos a todos porque la libertad nos ha hecho iguales. El mundo que queremos no es uno en el que ascienden nuevos personajes al parlamento o al púlpito, es uno en el que estos queden en ruinas y sean un mal recuerdo para la humanidad.

Alza la cabeza, desobedece, construye un futuro propio y libre, desata el odio y ama sin temor.

Salud y anarquía